Alone in the Bar
Desastre Pop
Suicidio
Categorías: Mundo Diverso

Hablando con los amigos recordé que vengo de un sitio raro. Durante la charla tocamos varios temas escabrosos y, sin previo aviso, un chico que acababa de conocer esa noche comentó: “pues un compañero de instituto se tiró por el viaducto el día que nos daban las vacaciones de Navidad”. La frase hizo su efecto. Durante unos segundos enmudecimos. Apenas fue un instante pero, en un grupo tan dicharachero como el nuestro, ese momento de mudez se convirtió en hito. Aproveché el silencio para imaginar la angustia que debió rodear al muchacho antes del salto. “Yo no conozco a nadie que se haya suicidado”, dijo otro inaugurando la siguiente fase del coloquio. Tras cambiar impresiones, aquel muchacho que se lanzó al vacío desde el puente sobre la calle Segovia, resultó ser el único caso cercano del que tenían constancia, sin contarme a mí. Veran, llevo veinte años viviendo en Madrid pero soy de un pueblo jiennense. Un pueblo pequeño, apenas dos mil habitantes. Sin embargo, aquella noche pude contar varias historias que terminaban con la muerte voluntaria y casi siempre inesperada de algún paisano. Mis amigos de conversación eran todos madrileños de nacimiento, “gatos” como se llaman entre sí. Estudiaron en colegios con alumnado masivo. Viven en edificios mastodónticos con porteros automáticos atiborrados de botones, tantos como los que pueda haber en Cabo Cañaveral. Crecieron en barrios populosos, rodeados de muchísimos vecinos. Ni treinta pueblos como el mío serían capaces de sumar la misma gente. Sin embargo aquella noche conté varias historias tristes. Ellos, entre todos, solo conocían una.

.

Antes de seguir con el artículo, quiero detenerme en el aspecto más delicado del tema que aborda. El suicidio ajeno produce un extraño y peligroso magnetismo en alguna gente. Cuando la idea del fin voluntario ronda por la cabeza, tener conocimiento de un caso consumado puede funcionar como inspiración nefasta. Es lo que se conoce como “efecto Werther”. Tras la publicación del libro “Las penas del joven Werther”, una ola de suicidios imitativos se desató entre muchos jóvenes que como el protagonista de la novela, sufrían las angustias de amores imposibles o no correspondidos. La relación era tan clara que la Iglesia llevó a juicio al autor y el libro se prohibió en algunos estados, como Italia, Dinamarca y Alemania. Los cadáveres aparecían vestidos con la misma ropa descrita por Goethe para retratar a su protagonista: botas altas (casi siempre marrones), pantalones blancos, camisa desabrochada, chaleco amarillo bajo chaqueta azul, pelo sin empolvar. Un atuendo muy específico. La causa de la muerte también coincidía con el libro: disparo en la cabeza.

Los jóvenes, sobre todo adolescentes, son el grupo demográfico más vulnerable a este efecto. En esa edad se transmiten con facilidad patrones comunes de conducta, vestuario, pensamiento… Y cuanta más difusión tenga el acto suicida, más peligroso se convierte para la mente del joven depresivo, traumatizado, débil o aislado. “Las penas del joven Werther” tuvo un éxito arrollador en su época (publicado en 1774). La juventud letrada vestía como el protagonista. Representaba escenas de la obra, que era objeto de lectura en concurridas tertulias. El libro incluso produjo su propio merchandising. Estampas, tazas, teteras, platos decorados con escenas alusivas, hasta una colonia “Eau de Werther” fue popular. Al éxito se sumó la absorbente prosa de Goethe y el resultado ya lo conocemos. El término “Efecto Werther” lo definió el psicólogo americano David Phillips en 1974, doscientos años después de que la novela se publicara. Este señor hizo un estudio entre 1947 y 1968 para demostrar que tras la aparición de un suicidio en primera página del New York Times, el número de muertes voluntarias aumentaba en todo Estados Unidos en el mes posterior a la publicación.

.

Para escribir este artículo he revisado las recomendaciones que la OMS sugiere a los medios de comunicación para la prevención del suicidio. “Las penas del joven Werther” supone una antítesis casi perfecta a lo citado en dicho documento. Aquí vamos a transgredir alguna de las normas. Aunque imagino que los lectores de Alone no son el prototipo susceptible de verse afectado por este fenómeno, vamos a reproducir las cinco preguntas del C-SSRS, “Escala Columbia de la Gravedad del Suicidio“, formulada por la doctora Kelly Posner y sus colaboradores del “Centro para la evaluación del riesgo suicida”, en la universidad de Columbia, Nueva York.

  1. ¿Has deseado estar muerto? ¿Has querido dormir y no despertar?
  2. ¿Has tenido alguna idea no específica de quitarte la vida? Es decir, ¿has pensado en hacerlo pero sin imaginar la forma de conseguirlo?
  3. ¿Has pensado en cómo hacerlo?
  4. ¿Has tenido algún intento?
  5. ¿Has ideado un plan elaborado y específico (forma, lugar, hora, día, mensajes póstumos)?

Si has respondido “sí” a alguna pregunta, no sigas leyendo y habla del tema con un especialista, por favor. Si lo hiciste en varias, sobre todo en las dos últimas, redacta testamento urgentemente y acuérdate muchísimo de mi. Puedes contactarme a través de los comentarios.

.

Bromas chungas aparte, me gustaría insistir en el peligro comprobado del efecto Werther. Para hacernos una idea, y modernizar el término, les hablaré del síndrome Yukko. Yukiko Okada fue una teen idol japonesa y ochentera ella. Su nombre artístico era Yukko por una confusión casual de la propia sujeta. El día del debut televisivo en el programa The Best Teen de la cadena TBS, falló al pronunciar su propio nombre cuando le tocó presentarse. Dijo que se llamaba Yukko como podía haber dicho que se llamaba Yumari Alfaro. Y de aquí deducimos que la timidez de las lolitas niponas no siempre es una pose para poner cachondo al personal, y que el idioma japonés es complicado hasta para ellos mismos.

La chica tuvo un éxito arrollador. Premios, ventas a granel, protagonizó un dramón televisivo de doce episodios llamado Kinjirareta Mariko (Mariko prohibida)… el mismísimo Ryuichi Sakamoto compuso la música de su mayor hit (Kuchiburu Network) que tenía letra de Seiko Matsuda. Para que se hagan una idea es como si te escriben una canción entre Sabina y Bob Dylan, en lo que a renombre japonesil se refiere. Más o menos. Dos meses después de alcanzar el número uno en las listas japonesas, Yukiko Okada saltó desde un séptimo piso. Antes cortó sus muñecas, llenó el apartamento de gas y se encerró en un armario. Allí pasó dos horas. Como no lograba morir, salió del armario y corrió hacia el balcón. La noticia fue ampliamente difundida y en los días posteriores se contabilizaron 28 suicidios de adolescentes. Algunos cadáveres aparecieron frente a un televisor que reproducía imágenes de Yukiko.

Parece que el detonante del suicidio fue la estricta disciplina impuesta por su discográfica. Llevaba fatal la prohibición de tener novio, entre otras normas demasiado espartanas para una chica de dieciocho años. En 1986, año de su muerte, el trastorno bipolar no era conocido como tal. Yukko sufría períodos de euforia seguidos de profundas apatías. En el escenario era risueña y pizpireta. En casa parecía un alma en pena. “Es una chica melancólica” decían sus allegados para definirla. Hasta los años 90 no se documentó ni estableció la sintomatología del trastorno. Yukiko llegó tarde a los avances de la medicina, como Fredy Mercury. Su muerte dio nombre al síndrome que en Japón define el efecto Werther occidental. En esta era de famoseo y famositis, la repercusión negativa del suicidio de una star, es tenida muy en cuenta por las autoridades y los medios de comunicación (transmisores del contagio). Desde que en 1987, un año después de la muerte de Yukko, se adoptaron los consejos del CDC estadounidense acerca de la información sobre el suicidio, la repercusión del efecto Werther disminuyó de forma notable. Tras la muerte sospechosa de alguna celebrity, los medios hablarán de sobredosis accidentales, reacciones entre medicamentos incompatibles, caídas fortuitas en bañeras, rocambolescos accidentes de tráfico… y quizá estén encubriendo verdades más sórdidas en pos del bien común. Porque el tema que nos ocupa no es moco de pavo.

El suicidio ya es la primera causa de muerte no natural en España. Por encima de los accidentes de tráfico, de lo que deduzco a la ligera que conducimos mejor el coche que la propia vida. Según el INE en 2010 se suicidaron 3.154 personas en nuestro país (página 3 del informe). En la carretera murieron 2.327. Todos conocemos medidas sociales y legislativas destinadas a reducir el número de fallecidos por accidentes laborales, de tráfico, de cáncer pulmonar… o por la llamada violencia de género. Respecto a este último caso, resulta llamativo que entre los años 2003 y 2009 fueron asesinadas 471 mujeres (página 4). Los recursos destinados a combatir dichas muertes (tremendas, sin duda) fueron amplios y notorios. Contrastan sobremanera con la aparente desgana que las autoridades pertinentes dedican al problema suicida. Máxime teniendo en cuenta las cifras anteriores: 3.154 suicidios en un año frente a 471 crímenes de género en el transcurso de siete, repito. Las recomendaciones de la OMS, la CDC y diversos especialistas sobre la discreción necesaria para abordar el tema, puede que hayan servido de cortada perfecta para ese desinterés estatal. En su descargo conviene señalar que el suicidio es un fenómeno muy complejo. Comparando datos, hasta podría decirse que curioso:

El hombre se suicida más que la mujer. Muchísimo más, aunque es la mujer quien lo intenta con mayor frecuencia ¿Torpeza, ganas de llamar la atención?… sería tema para otro artículo. En Europa se suicidan 3 hombres por cada mujer. Según los expertos en el tema, muchos suicidas arrastran problemas psicológicos como la depresión, que suele estar detrás de numerosas muertes voluntarias. Aquí otro artículo al respecto. Sin embargo toda la información relacionada que consulté, afirma con rotundidad que la mujer es más proclive a deprimirse que el hombre (un ejemplo). Luego algo falla. La depresión es causa fundamental de muchos suicidios, la mujer es el doble de vulnerable a esta patología, pero después se suicidan tres hombres por cada mujer. Mi conclusión: a los hombres nos da reparo decir que estamos deprimidos. Todos esos artículos hablando del problema depresivo femenino, en el fondo tratan sobre la mayor capacidad comunicativa de la mujer.

Obviamente la depresión no es el único detonante para el suicida. Otra causa principal es la soledad y el aislamiento. Es común afirmar que el problema de la soledad alienante es más habitual en la ciudad que en un entorno rural, donde todo el mundo se conoce. Las urbes aíslan a sus habitantes, los despersonalizan y cosifican. Manolo el de Paqui se va a Madrid y pasa a ser un bulto entre el gentío. Sin embargo Madrid presenta una de las tasas de suicidio más baja de toda España. Muy inferior que la de otras provincias con predominio de población rural. Mi conclusión: que te conozcan todos tus vecinos no es algo positivo “per se”. La presión, el agobio y el qué dirán, son tanto o más mortales que la soledad.

.

Otro dato curioso: el instituto Legatum de Londres elabora anualmente un “Índice de Prosperidad” para determinar el nivel de desarrollo y “felicidad” de 110 países (90% de la población mundial). Si el suicidio fuera un fenómeno lógico, tendría una tasa mayor en aquellos países que ocupan los últimos puestos del Índice de Prosperidad. Pero sucede lo contrario. Según Andrew Oswald, profesor de la Universidad de Warwick, la explicación de esta paradoja podría deberse a que percibimos nuestra propia felicidad en virtud de lo feliz que es el entorno.

Es decir, si te toca el gordo de la lotería, te puedes alegrar más o menos según se haya repartido el premio. Si tus vecinos no ven un euro, tu percepción del hecho será más positiva. Pero como el gordo caiga en tu barrio, el premio te parecerá menor. Fíjate que buen rollo damos las personas, oye. El señor Andrew Oswald viene a decirnos que si estás hecho polvo y los vecinos se lo pasan pipa en tus narices, es probable que tu vida parezca una mierda más grande. De ahí que en los países más desarrollados, el suicida tenga una percepción más negativa de su situación al compararla con el entorno. Aunque esta explicación parece demasiado facilona, perdóneme Andrew. El fenómeno suicida es muy complejo para explicarlo con un motivo unitario. Y este artículo se está alargando demasiado, ¿verdad? Todavía hay mucho que decir sobre el tema, pero mejor lo dejamos para días venideros… que me estoy deprimiendo un poco.

Relacionado... de alguna manera:

3 Ocurrencias en “Suicidio”

  1. Dolor Dolor dice:

    ¡¡¡¡Grushenkoooo!!!! ¿Qué tal? Yo genial del tó, de verdad. Hablando del suicidio, leí un libro de una periodista china que tenía un programa como “Hablar por hablar” y había hecho una recopilación de las historias que más la habían conmovido, bueno, pues hay una población que vive en unas montañas superdesérticas en unas condiciones durísimas, te digo casi como prehistóricos y resulta que eran las personas que menos desgraciadas se sentían, es más, estaban felices y era porque no conocían otra cosa entonces no tenían concepto de carencias… así que algo de eso hay y luego lo que sólo los suicidas conocen.

    • Grushenko dice:

      Holaaaa ¿Qué tal todo lo british? Ya me has dicho que genial, pero me gusta insistir. Mi dosis de cine ha disminuido mucho desde que os fuisteis. A estas horas estaríamos viendo algo horrendo, a poder ser, pero con mucha definición (que es lo que más me gusta del cine. La definición.)

      Respecto a lo que dices, resulta llamativa la relación entre “desarrollo” y “suicidio”, sí. Creo que el doctor Andrew Oswald tiene razón, y seguro que en la tribu esa de la periodista china, son más felices que unas pascuas. Puede ser UNA explicación, pero no LA explicación. Digo yo, que el tema se las trae y vete a saber. Aunque está comprobado que existen otros factores que relacionan suicidio y desarrollo. Algo diré en próximos artículos.

      Ten cuidado con los fish’n’chips que los carga el diablo.

  2. oscarrrrrrr oscarrrrrrr dice:

    Los paises nórdicos siempre han tenido las tasas más altas de suicidio, algo comprensible por las escasas horas de luz y por ese clima tan duro, pero lo curioso es que en el último año el país que ha tomado la delantera en esta macabra lista es Grecia, por motivos de sobra conocidos. Así pues, parece que el clima ya no es la excusa para matarse sino que otros factores empiezan a intervenir. Pues aquí en España será cuestión de que nos vayamos preparando…

Deja una ocurrencia